Regards Croisés

Ce blog est un espace d'échange pour les 6 photographes (3 mexicains et 3 français) sélectionnés dans le cadre de l’échange culturel et artistique entre la région Bretagne et le Mexique BREIZH-MEX, pour réaliser une résidence de deux mois au cours de l’année 2010, respectivement en Bretagne pour les mexicains et au Mexique pour les français. Les photographes développeront un projet sur le thème de REGARDS CROISES. Ce programme de résidence sera suivi d’une exposition itinérante en France et au Mexique, et de l’édition des travaux du concours.


11 de octubre de 2010

Tiempos detenidos





Mis demoras me llevaron a Le Café Colbert, un local de apuestas, mesa de billar y una gran barra donde se sirven cervezas y vinos. En el interior rojo hay viejas fotografías del puerto y grabados de navegación. Un escándalo comenzó en la barra, varios viejos discutían sobre política. Bromearon conmigo por mi cámara fotográfica. Me señalaban como el hombre de la prensa. ¡Hay que tener cuidado! –gritó uno de ellos. Bebían a carcajadas. Dos hombres al fondo observaban las carreras de caballos y jugaban con tarjetas en una máquina apostadora. Por la tarde me dirigí a la Academia de Billar de Brest. Varios hombres jugaban carambola, el billar francés; algunos de ellos eran retirados, otros habían sido campeones regionales. Numerosos diplomas colgaban sobre una mesa llena de tazas de café y botellas de vino tinto. El tiempo parecía haberse detenido décadas atrás.

Anocheció mientras regresaba de la plage du Moulin Blanc, donde están los grandes puentes sobre la desembocadura del río Elorn. Deambulé por el puerto comercial hacia los enormes muelles. Los barcos y veleros, la zona de restaurantes y paseos del puerto hablaban de nuevas historias. Les Rives de Penfeld es un ejemplo de este nuevo relato que comenzó a narrarse hace casi 70 años; las riberas del río, transitadas durante siglos, desde los romanos hasta nuestros días, siguen manteniendo su brillo. Con el tiempo y el pasar de los años, Brest ha llegado a ser la ciudad importante de Finistère. Seguirá representando un sitio estratégico y primordial; un lugar que traza, en el occidente de Francia, el dibujo de una fortaleza y la cruda belleza de un puerto renacido.




9 de octubre de 2010

Subsuelo





Hacia el oeste de Brest, al final del puerto militar, se levanta una imponente base de submarinos construida por los alemanes durante la ocupación. Más allá, los vientos del Atlántico y los faros funcionan como guías frente al mar, entre costas salpicadas de pequeñas playas y búnkers alemanes desperdigados entre las rocas. En la calle Émile Zola se encuentra una de las entradas al Abri Sadi Carnot, un refugio subterráneo con una historia trágica ocurrida durante la Segunda Guerra Mundial. En los impresionantes pasadizos reina un silencio frío. Pude ver una gran puerta de acero que cerraba el espacio como una bóveda impenetrable.

Días después, visité el Colegio de Keranroux, al norte de la ciudad. A diez metros de profundidad, bajo las instalaciones de la escuela, se encontró un blockhaus: un refugio con dos habitaciones mínimas entre la oscuridad. En una de ellas hay una pequeña estufa y las corroídas tuberías para el oxígeno. Dos pinturas sobre un muro se desvanecen por la humedad. Como si fueran ventanas, los paisajes de un bosque con casas y molinos de viento, me hacen pensar en la triste nostalgia de los soldados alemanes que habitaron el sitio. Quince camas adosadas a los muros en un lugar tan reducido hablan del hacinamiento y de una dura existencia, terriblemente real. Sobre la entrada, una frase: 5 Minuten vor der Zeit ist des Soldaten, Pünktlichkeit!; a un lado, el dibujo de un soldado en marcha. Había un aire negro de encierro, salí de ahí con prisa hacia las escaleras. El pasado de la ciudad irradiaba del subsuelo a cada paso.



6 de octubre de 2010

L’homme de la presse





En Brest me sentí en el centro de un extraño reportaje. Llegué por la tarde a la ciudad, desde Quimper. El tren avanzaba entre demoledoras maquinarias de un lugar fortificado donde una enorme infraestructura portuaria delineaba el paisaje hacia el mar. Los sonidos de las grandes embarcaciones de la Marina Francesa fueron el aviso de una ciudad que se impone en todo momento como una gran reconstrucción: las grúas lejanas del puerto emiten arduas señales, la construcción de un tranvía recorre el centro de la ciudad, enmarcada por sus enormes puentes y murallas. Habían historias por contar.

Al llegar a Brest, pensé que los colores demoraban en aparecer. Caí vencido por una grave lentitud. Me veía suspendido de un inmenso brazo metálico, entre graznidos de gaviotas, intentando retratar un sitio singularmente extraño. Los días transcurrían de frente a los vientos, cada vez más fríos. Caminé, me detuve, regresaba al mismo sitio del que había partido. Encontré distintas ciudades en Brest, ciudades de multifamiliares y edificios a punto de ser demolidos, ciudades de refugios subterráneos y obras públicas por doquier. En el ambiente flota una prisa íntima por recobrar una ciudad devastada por la guerra. El reportaje inició cuando comencé a resistirme a la velocidad de las cosas…






4 de octubre de 2010

luces cruzadas




Sacrificios, Veracruz, Progreso, Guaymas...
Investigando sobre faros en Bretaña llego a estas postales mexicanas...Saludos!!!!!

La pluie horizontale





Entré al Hotel Beausejour por un vestíbulo deshabitado. Caminé como si penetrara al interior de un desgastado vitral, entre piedras, maderas carcomidas y cristales azules. La lluvia entraba por los ventanales, que habían desaparecido. El hotel se encontraba en pleno centro del pueblo, donde todo parecía haberse disipado de igual forma. Al menos, esa fue mi impresión en aquel momento. Por los agujeros, donde alguna vez hubo ventanas, no podía verse nada más que las persianas de madera, algunas rotas o descolgadas. Una delicada cortina se balanceaba intacta en una de las esquinas de la habitación, donde el papel tapiz se había desprendido por la humedad. Trozos de muebles, al borde del barandal, eran bañados suavemente por una lluvia que flotaba sobre el viento y cambiaba de dirección constantemente.

Alcé mi maletín y lo coloqué sobre la duela. Parte de las tablas permanecía aún en la entrada de la recepción, parecían haber sido arañadas y consumidas por múltiples mordiscos. Tal vez habrían sido los gatos o las zorros, pensé; pero no había rastro alguno de aquellos animales por el lugar. Un panal de abejas, como un nido vibrante, zumbaba en el primer nivel. Una sección del techo se había desplomado y la escalinata estaba desparramada por el suelo. Desde donde me encontraba no alcanzaba a ver las habitaciones. Comenzó a soplar un viento frío.

Frente al hotel observé el espacio vacío de la glorieta del pueblo. Aún podían verse las marcas sobre el pavimento. Pensé que los autos que llegaran al sitio correrían el riesgo de quedar girando en círculos tratando de encontrar alguna dirección de la glorieta. Pero, como era de esperarse en esos días, ningún vehículo pasó por ahí. Me encontraba completamente solo, mirando desde el balcón del hotel hacia el otro extremo del río. Un velero se deslizaba sobre las mareas difuminándose entre la niebla. El final de la tarde trajo un viento aún más helado que entró por la zona de la cafetería. Me ajusté la chamarra sobre el pecho y tomé asiento sobre el maletín, que era pequeño pero confortable, así que no hubo problema. Pronto se esfumaría la tarde y debía mantenerme alerta para no perder oportunidad.

En ese preciso instante, un hombre calvo y entrado en años pasó corriendo frente al promenade de Penforn. Avanzaba por la ribera del río y resbalaba de vez en cuando. Llevaba un maletín sobre la espalda y se contraía por momentos para protegerse del frío. Me pareció verlo perder el equilibrio en varias ocasiones: unas veces parecía clavar sus piernas entre las rocas, alzando los brazos, hasta que lograba continuar su carrera; otras veces se inclinaba de manera drástica hacia abajo, balanceándose con el maletín a cuestas. Daba un poco de pena verlo en esa situación pero, al mismo tiempo, era alegre y gracioso. Pronto lo perdí de vista. La tarde se perdía entre grises ventiscas y sólo pude distinguir su delgada silueta alejándose apresuradamente bajo una lluvia perfectamente horizontal.




29 de septiembre de 2010

Landévennec





Tomé el autobús que decía Camaret-sur-Mer. Después de atravesar un puente, el chofer me avisó que debía bajar, se detuvo en Argol. Ahí, el dueño del pequeño bar fue el encargado de llevarme a mi destino. Subimos al auto, tomó un angosto camino y descendió hasta las orillas del río Aulne para dejarme en mitad de una luminosa villa, de pie en la soledad más absoluta.

La pequeña Landévennec me recibió como un pueblo fantasma. Era ya tarde cuando llegué y encontré todo cerrado, ni un alma, un solo hotel sin respuesta; comenzaba a prepararme para dormir a la intemperie. Una persona caminaba por la orilla del río, me acerqué para pedir información. ¡Me dijo que fuera al monasterio! En el centro del pueblo encontré las ruinas de un extraño hotel, sobre la entrada decía: Hotel Beausejour, Bar-Restaurant. Tuve la impresión de estar frente a una construcción que iniciaba sobre sus propios vestigios. Había una crepería que solamente abría los domingos. Las gaviotas pasaban muy cerca y el río estaba tan inmóvil como un espejo. Unos pescadores me indicaron que detrás de la Mairie, la oficina del Ayuntamiento, habría un sitio para pasar la noche. Ahí conocí a Nicolás, un viajero de Bruselas que recorría a pie La Presqu’île de Crozon.

El monasterio de Landévennec es impresionante, su historia tiene 1,500 años. Aun existen las ruinas de la antigua Abbaye Saint Guénolé, que está detrás de la fundación del lugar. La nueva abadía se levanta a unos cuantos metros. Cerca de ahí, remontando el río en dirección contraria a la rada de Brest, encontré un cementerio de barcos que en otros años fue una estación naval.

El lugar y su energía hicieron del tiempo algo nuevo para mí, una idea distinta, con una nueva velocidad; en esos contrastes encontré mínimas coincidencias. Parecía encontrarme en un lugar donde las ruinas tenían otro significado, no eran tristezas, habían florecido: los buques fondeados, el Hotel Beausejour, la abadía del siglo V. Avancé bajo un amanecer lluvioso y frío por la orilla del Aulne con la sensación de que el tiempo es lo único que tengo. La memoria del pasado y la idea del futuro seguirían ahí, pero el presente es lo que puede tocarme y cambiar la dirección de las cosas. Caminando entre las rocas inmóviles, me mantuve concentrado en ellas para no tropezar. No sé cuánto tiempo pasó. En un instante levanté la mirada y el movimiento casi imperceptible de los árboles me asustó como un rayo. En medio de un silencio mutuo, después de la lluvia, las campanas de la abadía me despertaron…


24 de septiembre de 2010

Bosques, islas y tierra de sal


Fougères



No alcanzo a ver lo que vendrá. El tiempo se evapora a contracorriente y lo único que tengo es la seguridad de continuar. El bosque de Fougères, en el valle del Nançon, se pierde entre neblinas cristalinas. ¡Cómo llueve en Bretaña! Mientras avanzo por el sendero, me llega el recuerdo de haber visto antes estos paisajes, en las imágenes de mi niñez, tal vez, en el déjà vu de las ilustraciones de aventuras o en los fotomurales de los años setentas, que se vendían en los almacenes para otorgar paisajes de ensueño a las casas mexicanas.

En estos bosques, los canales de agua resuenan entre los árboles, las granjas lejanas invitan a detenerse; hay una especie de silencio que habla de otros tiempos. No alcanzo a ver hacia dónde me dirijo. Muchos destinos llegan, se mueven y quiebran todos los planes. Esta Bretaña del interior, de bosques y valles, se instala en mí como una memoria.




Loire-Atlantique




Llegué a la Gare Maritime de Fromentine en una hora de absoluto vacío. El autobús de pronto se detuvo y bajé con mi mochila; enseguida partió dejándome de pie en mitad de una explanada frente al mar. El próximo Ferry hacia Île d’Yeu saldrá en dos horas. Hace un sol que quema. Sólo sé que Isabelle me esperará en la isla. Nada más...

El trayecto hacia Île d’Yeu es magnífico, el viento frío del océano sopla con fuerza. Isabelle llegó por mí al puerto en su pequeño auto, compramos despensa y me llevó al departamento donde me quedaría: El Casino, un espacio con auditorio, teatro y un alojamiento fantástico. Fuimos a un pequeño bar, tomamos cerveza y platicamos. Al día siguiente, salí en bicicleta hacia la costa sur de la isla; pasé un día completo entre bahías rocosas, acantilados y mareas salvajes. Me llamó la atención el color blanco del pueblo, los bares de madera a la orilla del puerto, los faros en las esquinas de la isla. Me quedé un par de días en la isla antes de partir de regreso, hacia la medieval villa de Guérande.


Pasando en tren por St-Nazaire y Pornichet llegué a La Baule-Escoublac, donde una gran bahía de arena y aguas tranquilas se abre impresionante bajo un cielo tornasolado. Al día siguiente, tomé un autobús por 15 minutos hacia Guérande, que fue un descubrimiento lento, a pie, en mitad de un día luminoso. Caminé kilómetros por un sendero hacia la costa, donde se encuentra la Terre de Sel. Guérande es reconocido por la fabricación de una sal particular. Recorrí sin rumbo la inmensa extensión de las salinas, entre paisajes abstractos de extraños tonos de color, en un área de dos mil hectáreas junto al mar. Recordé el color rojo que buscaba Robert Smithson en los lagos salados de América. Caminaba sobre la tierra con la extraña sensación de andar sobre un enorme fragmento de piel seca, como sobre un lagarto dormido. En Guérande, las líneas de los canales y saladares son inundados por el océano; el horizonte multicolor de las salinas se posa sobre un escenario casi inter-planetario, una galaxia terrestre donde reina un silencio minimalista. Estos paisajes, creados casi por el vacío y la evaporación del agua, reflejan el trabajo de los salineros de Guérande, que dibujan como Klee hubiera deseado hacerlo.





11 de septiembre de 2010

Pierres-Plates et Saint-Goustan





Voyager, c'est bien util, ça fait travailler l'imagination.Tout le rest n'est que déceptions et fatigues

Louis-Ferdinand Céline

Voyage au bout de la nuit






Réfléchis dans ta tête





Thierry llegó con su pequeña hija Suzanne y recorrimos juntos la carretera hacia Lorient. Vi una desviación que decía Vannes. Pasamos de largo sobre la ciudad de Pontivy, en la carretera D768. Giramos en una de las tantas glorietas que existen en las carreteras francesas y nos dirigimos por la D165 hacia el sureste. Eran las 9 pm. cuando llegamos al puerto de Saint-Goustan. Subimos por un angosto sendero entre el bosque. Ahí nos recibió Michelle, la abuela de Suzanne, en una antigua casa rodeada de enormes jardines, justo frente al río d’Auray. La tranquilidad del puerto me emocionó, el río avanzando lentamente, entre las mareas, hacia el golfo de Mor-bihan, el “pequeño mar”.

El fenómeno de las mareas es algo importante en la vida cotidiana de toda Bretaña. Uno puede consultar en la red la información necesaria sobre el tiempo, el comportamiento del clima y las mareas, la lluvia, los horarios pertinentes. Para realizar una caminata desde Saint-Goustan hasta el río Bono, hay que estar atentos. Hay horas específicas en las que las mareas bajas nos permiten caminar por la ribera del río; pero hay que tener cuidado si no tomamos en cuenta la información publicada. Al aventurarnos e iniciar una caminata, al mediodía por ejemplo, sin saber nada en absoluto, podría suceder que no podamos regresar más tarde porque el río lo ha inundado todo y el camino no existe más.

Pero las mareas son algo más que eso. Lo que me fascina de esta situación tiene relación con una cierta velocidad de la vida, con una forma de pensar y una capacidad de síntesis para las acciones diarias. La finísima lluvia es un aviso del extremo cambio en la velocidad y el sentido del tiempo. La niebla cae sobre los bosques como un luminoso gas de invernadero y las formas se pierden en la espesura de su misma luminosidad. La orilla del mar avanza sobre las playas y los riscos. Las costas de Kervillen et Poulbert, La Trinité-sur-Mer y Locmariaquer cambian intempestivamente, sin dejar huella. Los vientos oceánicos llegan y se retiran a una gran velocidad. Estas fechorías del tiempo me meten constantemente en complicaciones. Nunca estoy seguro de avanzar, pero sí me doy cuenta cuando voy de regreso. En el sur de Bretaña debo accionar como el clima, rápidamente. Al ver una imagen que me interesa, puedo estar seguro que esa será mi única oportunidad. En el paraíso de las velocidades no es posible tomarse el tiempo a la ligera.

El jueves por la tarde llegamos a la bahía de Pierres-Plates bajo una lluvia blanca y flotante. Poco después subíamos la costa bajo el aguacero y los fuertes vientos. La península de Quiberon apenas era visible. Cerca de ahí, el golfo de Morbihan se encuentran con el océano Atlántico dibujando una violenta imagen de brumas y corrientes peligrosas. Hacia el norte, el río de Crach desemboca sobre las islas. Pasamos la mañana caminando por la costa bajo la lluvia. Suzanne nos dice ¡Réfléchis dans ta tête! ¡Réfléchis dans ta tête! Thierry me explica sonriendo: No reflexiones con tu mente, sino en tu cabeza. De un momento a otro los vientos se convierten en una llovizna que se deshace y la niebla trepa por las colinas. La Bretaña del sur es una cápsula del tiempo.

Luis Carlos Hurtado

23 de agosto de 2010